Japanese_pilgrim_(10797975193)

“¿Por qué aceptaría trabajo los sábados por la mañana?” iba yo pensando a mi regreso a Kioto mientras buscaba un lugar para saciar mi apetito. De la calle Shijo a Sanjo, subiendo por Kawaramachi. Curry, fritangas, donburis de arroz con carne, sushis giratorios… Nada me convence. ¿Qué tal empanadillas chinas gyoza? Uy, no, no, que luego me huele el aliento a ajo. A las dos tenía una cita con Anastasia, con quien compartí congreso en Alsacia, y ya era la una y veinte. ¡Ya lo sé! ¡Sopa de fideos! Mi restaurante de ramen favorito no estaba lejos. Me desvío hacia Kiyamachi, callejuela paralela a Kawaramachi, y me dirigo al sur de nuevo, hacia Shijo. A la entrada de un callejón estrecho que hay a mano izquierda, un cartelito amarillo anuncia 豊富 (abundancia). Aquí es. Me meto por el callejón, por el que solo caben un par de ratas juntas y llego hasta la puerta del establecimiento: sucio y cerrado. La verdad es que nunca había estado antes al mediodía; solo voy después de las borracheras en el Galaxie 500. Sigamos pues la ruta hacia el sur.

De repente, veo que se acerca en dirección contraria un peregrino. Lleva el típico sombrero de juncos, un bastón en la mano, protectores de tela en manos y brazos, espinilleras y calzado de viaje, como los ninjas. La camisa, en cambio, no era la típica, sino más bien floreada, colorida, al estilo hawaiano (o quizás mejor decir okinawano). A la espalda llevaba una mochila amarilla moderna, concretamente una de marca The North Face, de esas cuadradas que desde entonces no he dejado de ver en todas partes y de todos los colores. Caminaba con alegría, seguro de sí mismo. Frente a mí avanzaban hacia él un par de chicas. Por edad serían universitarias. Muy monas vestidas. Iban concentradas en sus smartphones, como suele ser habitual en estos días (en Japón ya se han caído unos cuantos a las vías del tren por andar despistados -país en calma donde los haya, que de eso hace noticia). De pronto, el peregrino se planta frente a ellas y golpea el suelo con el bastón para espantarlas. ¡Paca! Ellas se llevan un sobresalto, levantan la mirada de sus móviles -al fin- y tras el primer susto se echan a reír y se ponen a hablar entre ellas para comentarlo… El peregrino, satisfecho, sin molestarse a volver la cabeza (ellas sí se giran) sigue hacia adelante. Viene hacia mí… ¿Se atreverá a decirme algo? Pasa de largo… Será porque yo todavía no tengo smartphone… En cierto modo me siento decepcionado porque esperaba que me dijera algo… Algo que me iluminara el camino… Aunque quizás debería sentirme privilegiado solo por haber sido testigo… Eso sí, tampoco pude sacarle una foto.

Kiyamachi hacia el sur, cruzo Shijo, busco y rebusco… McDonald’s, más bols de arroz con carne (Matsuya, Sukiya, Yoshinoya… cada cual más barato), sandwitches de cafetería, carnaca asada, un bar alemán… Al final me meto en una currería de cadena: CoCo Ichibanya. Llego tarde a mi cita, así que como con prisas, sin saborear, quemándome la lengua. Para colmo, el aliento a curry, como el de gyoza, también apesta.
 
 
P.D. Mientras escribo esto, un trueno en pleno mayo revienta cerca, muy cerca: ha hecho temblar mis ventanas y han saltado las alarmas de los coches. Y sigo sin poder hacer vídeos ni fotografías… Aunque mejor pensado… Es una suerte que los sustos sigan siendo privados.