El extranjero vive desde hace seis años en el mismo apartamento. Vive en el tercero, en un bloque de tres pisos. En la escalera se cruza, por primera vez, con una chica del piso de abajo que parece haberse mudado recientemente. El extranjero saluda y ella no contesta. Ella mira de reojo al extranjero, con desconfianza, mientras acelera el paso y sube las escaleras sin detenerse en el buzón. El extranjero sí lo hace, si bien no espera ningún paquete, ninguna carta; sabe que solo encontrará la propaganda de turno. Se ha detenido por cortesía, para no pisarle los talones a la recién llegada y de ese modo no alarmarla más de la cuenta. Con todo, a pesar de haber dejado pasar el tiempo para darle a la chica un poco de ventaja, al asomar por el rellano del segundo piso descubre que ella sigue allí, en la entrada de su apartamento, con la puerta entreabierta. La va cerrando con lentitud (las puertas aquí se abren hacia afuera), como si hubiera esperado a que él llegara; quizás para echarle una última mirada a su perseguidor: mirada sin duda amenazante, mirada de “no te tengo miedo”. Entonces, cuando él también se decide a devolverle la mirada, ella cierra la puerta de forma definitiva. Al punto se oye el cerrojo, con un ruido que podría hacer pensar que los objetos también se enfadan, que tienen vida y que como los perros se parecen a sus dueños en el gesto. Todo sea por la seguridad. Ella se acaba de mudar, pero él seguirá siendo el extranjero.